Para la Fed, el dilema resulta complicado, ya que los últimos datos oficiales se recopilaron antes del impacto de la crisis energética. En la zona del euro, la situación inicial es algo más tranquila La Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo llegan a sus reuniones de esta semana en un entorno mucho más incierto que el que tenían hace apenas dos semanas. La Fed se reúne el 17 y 18 de marzo, y el BCE el 18 y 19 de marzo, justo después de que la guerra en Medio Oriente disparara el precio del crudo por encima de los US$100 por barril y obligara a los mercados a replantear el rumbo esperado de las tasas de interés. Aun así, no se espera que ninguna de las dos instituciones modifique el costo del dinero en estas reuniones.
Para la Fed, el dilema es especialmente incómodo porque las últimas cifras oficiales anteriores al impacto pleno del shock energético ofrecían señales mixtas. La inflación de febrero se mantuvo en 2,4% interanual, con una tasa subyacente de 2,5%, mientras el mercado laboral mostró una pérdida de 92.000 empleos no agrícolas y una tasa de desempleo de 4,4%. A eso se sumó una revisión del crecimiento del cuarto trimestre de 2025 a 0,7% anualizado, muy por debajo del 4,4% del trimestre anterior.
Ese cuadro deja a Jerome Powell ante dos riesgos en direcciones opuestas: un encarecimiento de la energía que puede volver a empujar los precios al alza, y una economía que ya mostraba pérdida de impulso antes de que estallara la crisis. Reuters señaló que los mercados han reducido a la mitad el número de recortes esperados de la Fed para este año, hasta apenas uno, mientras la curva de futuros ya contempla la posibilidad de que la tasa se mantenga estable durante todo 2026.
En la eurozona, el punto de partida es algo más benigno. La inflación anual de febrero fue estimada en 1,9%, frente al 1,7% de enero, todavía cerca del objetivo del BCE. La tasa de depósito del banco central permanece en 2,00%, y el consenso entre economistas sigue apuntando a que se mantendrá sin cambios por ahora. Sin embargo, el alza del petróleo ya ha alterado con fuerza las expectativas del mercado, que pasó en pocos días de contemplar recortes a descontar una subida hacia julio.
Dentro del BCE, el mensaje público ha sido de cautela, pero también de vigilancia. Joachim Nagel, presidente del Bundesbank y miembro del Consejo de Gobierno, dijo que la institución debe estar “muy vigilante” y que actuaría “de forma decidida y a tiempo” si el encarecimiento energético termina trasladándose de manera persistente a la inflación de consumo. Esa advertencia refleja el peso del precedente de 2022, cuando el banco fue criticado por reaccionar demasiado tarde ante un shock inflacionario que inicialmente consideró transitorio.
En ese contexto, el escenario base para esta semana parece ser una pausa acompañada de un tono más duro. El Banco de Pagos Internacionales advirtió este lunes que un shock de oferta potencialmente temporal no debería provocar una reacción automática de política monetaria. Su economista jefe, Hyun Song Shin, resumió el problema con una fórmula clásica: si el shock es de oferta y temporal, los bancos centrales deberían “mirarlo de largo” y no responder mecánicamente con tasas. Para la Fed y el BCE, el desafío inmediato será decidir si esta crisis merece paciencia o si empieza a exigir preparación para un nuevo endurecimiento.