Milei y sus políticas de motosierra lo han convertido en el niño mimado de la derecha radical. Por Jeremy Adelman
El presidente argentino Javier Milei puede ser hoy una pieza clave en la visión geoeconómica de Donald Trump para América Latina, pero pronto podría convertirse en su eslabón débil. Con elecciones el año próximo, ha logrado una recuperación económica y una relativa estabilidad de precios a costa de empujar a millones de compatriotas a la indigencia.
BUENOS AIRES — Casi tres años después de que Javier Milei asumiera la presidencia argentina, el librecambista de la motosierra se ha consolidado como el niño mimado de la derecha radical. El candidato presidencial de la derecha brasileña, Flávio Bolsonaro, promete una política económica que seguiría el ejemplo de Milei, y el presidente estadounidense Donald Trump lo llama su “presidente favorito”. El año pasado, Trump otorgó a Argentina una línea de swap de monedas sin precedentes por 20.000 millones de dólares para frenar la caída libre de su moneda en vísperas de las elecciones legislativas, y la apuesta funcionó: el partido de Milei obtuvo una victoria sorpresiva.
Más que un mero símbolo o modelo para la derecha radical, Milei cumple un papel crucial en el nuevo “Escudo de las Américas” de Trump, un paraguas de seguridad diseñado para contener a los rivales de Estados Unidos y convertir a América Latina en una retaguardia rica en recursos, poblada de socios alineados con Washington. Pero como los aportes de Milei a ese orden hemisférico dependen del desempeño económico argentino, cabe preguntarse cómo le ha ido al emblema sudamericano del MAGA.
El “Plan Motosierra” que Milei presentó en junio de 2022 era más que un instrumento para frenar la hiperinflación. El objetivo mayor era asfixiar a un sector público que había llegado a ser visto como fuente de clientelismo político, y devolver a Argentina su grandeza como exportadora de bienes primarios. Esa visión coincide felizmente con la cosmovisión geoeconómica del gobierno de Trump. Las inversiones en los yacimientos de litio del norte del país y en hidrocarburos en la Patagonia han alimentado una recuperación económica y reforzado la importancia estratégica de Argentina para el Escudo de las Américas.
Entretanto, el país se ha empapelado de carteles que proclaman que las Falklands/Malvinas pertenecen a Argentina y no al Reino Unido. Milei no tiene problema en halagar al nacionalismo populista mientras alimenta reclamos sobre los yacimientos petroleros recién descubiertos en el Atlántico Sur.
Pero el éxito inmediato del Plan Motosierra se apoya en la austeridad. Fue Milei quien proporcionó el manual para el efímero —y nada exitoso— experimento DOGE de Elon Musk. Al asumir, redujo a la mitad la cantidad de ministerios, hasta dejarlos en nueve; congeló la obra pública; despidió a 51.218 empleados federales, más otros 23.000 de empresas estatales; y recortó el gasto social. Al poco tiempo, los déficits crónicos se transformaron en superávits presupuestarios. Tras años de volatilidad y escalada de precios, la inflación cayó de alrededor del 250% al 30%, y la economía repuntó.
Además de contener los precios, los recortes de Milei volcaron capital hacia el sector privado, mientras su gobierno ofrecía incentivos impositivos a inversores extranjeros y prometía un vasto régimen nuevo de seguros privados para reemplazar funciones estatales. La austeridad obligó a los trabajadores a seguir el dinero, lo que desató una fuga hacia empresas con fines de lucro en los sectores de salud, seguridad y educación. Argentina solía tener laboratorios de primer nivel respaldados por su agencia nacional de ciencia, el CONICET; pero tras las reducciones salariales y los recortes al presupuesto de investigación, más del 10% de sus científicos y técnicos —principalmente biólogos, geólogos, agrónomos y físicos menores de 40 años— se han ido al sector privado.
Pero es el sector informal el que absorbe a la mayoría de los trabajadores desplazados. La noche previa a la recolección pública de residuos, multitudes de argentinos recorren las calles en busca de metal y papel reciclables. Al amanecer, caravanas de carritos de supermercado y carros tirados por caballos acarrean la chatarra hasta depósitos donde se les paga unos pocos pesos.
El cirujeo es apenas una actividad del sector informal, colchón tradicional en un mercado laboral escaso de protecciones sociales. Sin contratos de trabajo, seguro de desempleo ni aportes jubilatorios, la informalidad funciona como única red de contención para muchos argentinos. Una vez dentro, los trabajadores tienden a no volver al empleo formal: entre el 40% y el 50% de la fuerza laboral sobrevive hoy del trabajo precario.
Los jóvenes ya no aspiran a un empleo público ni siquiera a uno formal: casi el 70% de los argentinos de entre 18 y 25 años trabaja en la informalidad. Cuando enseñé recientemente en una universidad de un distrito del conurbano bonaerense en descenso social, todos mis alumnos tenían trabajo, pero ninguna perspectiva prometedora. Si no eran docentes cobrando cerca del salario mínimo, eran vendedores ambulantes, conductores de Uber, empleadas domésticas o repartidores de comida y medicamentos.
En otras palabras, la gran recuperación argentina está llena de miseria. A comienzos de 2026, la pobreza urbana alcanzó el 32,3%, con una privación extrema que afecta a más del 7% de la población. La magnitud de la indigencia es asombrosa, sobre todo si se considera cuánto ha quedado enmascarado por el crecimiento igualmente asombroso del endeudamiento personal. Proliferaron las aplicaciones fintech, las billeteras digitales, los prestamistas locales, las tarjetas de crédito de emergencia y otros productos diseñados para que las familias pobres lleguen a fin de mes. Las tasas de morosidad se disparan. Con casi seis millones de argentinos atrasados al menos 90 días en el pago de sus deudas, los funcionarios del banco central se esfuerzan por contener una marea de pequeñas quiebras.
La motosierra seguirá desgastando. Bajar la inflación desde el 30% exigirá más austeridad, pero queda menos por cortar. Las nuevas fronteras de los commodities generan crecimiento, pero no muchos empleos, y a los hogares pobres se les acaban las opciones. Aun así, Milei acelera. La idea de una intervención estatal para impulsar la recuperación económica es, en su estimación característicamente matizada, “basura keynesiana”.
El tiempo se agota. Con elecciones en 2027, Milei quizá no pueda contar con un salvavidas de un Trump dispuesto a gastar. Su base política no es desdeñable, pero queda empequeñecida frente a las legiones de personas que caen en una trampa de bajos ingresos y baja productividad. Milei puede ser por ahora una pieza clave en la visión geoeconómica de Trump; pero pronto podría convertirse en su eslabón débil.
Jeremy Adelman es director del Global History Lab de la Universidad de Cambridge y autor, más recientemente, de The Capitalist Era: The Making—and Unmaking—of the Global Mind (Princeton University Press, 2026).