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El último golpe del estafador Madoff, culpable y sin cooperar

Sábado, 14 de marzo de 2009 - 12:07 UTC

Es posible que lo que ocurrió el jueves por la mañana en la Corte Federal de Manhattan haya sido el esquema más ingenioso ideado por Bernard Madoff.

Con el rostro inexpresivo, la mirada opaca y un tono de voz que obligó al juez Denny Chin a pedirle que hablase más alto, el autor de la mayor estafa en la historia de los Estados Unidos se declaró culpable de haber operado una pirámide financiera con la que desplumó a unos 5000 inversores de una fortuna estimada en 65.000 millones de dólares.

Muchas de sus víctimas han quedado en la ruina total. Han perdido sus ahorros, sus fondos de jubilación y hasta la posibilidad de pagar sus hipotecas.

El hombre al que el diario The Wall Street Journal proclamó "el rey Midas de la Bolsa" se reveló, si bien no como el inversor del toque mágico que muchos imaginaban, por lo menos como el supremo embaucador de las estrellas y los poderosos. Su clientela parece una lista de invitados a los Oscar: Steven Spielberg, Jerry Katzenberg, Zsa Zsa Gabor, John Malkovich, Kyra Sedgwick y Kevin Bacon, entre muchos otros.

Naturalmente, dijo que lo lamentaba mucho, que se sentía avergonzado, que tenía dolorosa conciencia de haber perjudicado a mucha gente. Pero no dijo mucho más.

Los diez minutos que empleó en su mea culpa equivalen a un minuto de disculpa por cada 6500 millones de dólares robados.

Después que el juez rechazó el pedido del abogado Ira Sorkin, de que se le permitiera a su defendido aguardar en su penthouse de siete millones de dólares la sentencia, fijada para el 16 de junio, el reo fue conducido esposado al Centro Correccional Metropolitano, que por un tiempo será su nueva residencia. Vivirá en una celda de 5,5 metros cuadrados.

Madoff no hizo ningún acuerdo con la Justicia. No prometió nada ni se comprometió a nada. Ningún quid pro quo; ninguna negociación destinada a aliviar la esperada dureza de la sentencia. No lo necesitaba. Tiene 70 años. Si la sentencia termina siendo de 30 años en lugar de 150, no le hace ninguna diferencia.

Precisamente ahí radica la clave de su ingeniosa estratagema. Al declararse culpable, ha quedado exento de cooperar con la justicia.

De los estimados 65.000 millones de dólares que se evaporaron con su bicicleta financiera, los investigadores sólo lograron identificar 1000 millones. El resto, si todavía existe, transita por los incontables túneles del laberinto financiero internacional. Madoff no está obligado a revelarlo: corresponde a los investigadores de la fiscalía deshacer la madeja.

Esto puede tomar meses o años, o no saberse nunca. Pocos conocen, como Madoff, los vericuetos del sistema, y él ha tenido suficiente tiempo como para usarlo en su beneficio.

Durante la audiencia del jueves, afirmó haber sido el único responsable de la estafa, por lo que exoneró a su esposa, a su hermano, a sus dos hijos y a sus empleados más cercanos.

Admitió que, si bien su empresa, Madoff Investment Securities Llc, fundada en 1960 con los 5000 dólares que había logrado ahorrar trabajando como bañero y más tarde como instalador de sistemas de riego, había actuado de manera fraudulenta, fraguando operaciones que nunca existieron, sus restantes negocios, en cambio, los manejados por los miembros de su familia, eran "legítimos, rentables y exitosos en todo aspecto".

El fiscal no se mostró demasiado de acuerdo con la descripción que Madoff hizo de su esquema delictivo. Señaló, entre otras cosas, que en muchas instancias, las restantes empresas no podrían haber operado sin el efectivo generado por la pirámide.

Pero a él le cabe demostrarlo, como le cabe demostrar que era imposible que la familia hubiera podido ignorar por tanto tiempo lo que Madoff estaba haciendo y de dónde venía el dinero que pagaba por los yates, los aviones privados y las mansiones en East Hampton y Palm Beach.

Ninguna de las víctimas de esta pirámide abrigaba la esperanza de recuperar el dinero perdido. Pero por lo menos esperaban la oportunidad de poder ventilar su ira, su impotencia y su frustración ante una corte de justicia, de interrogar cara a cara al hombre que los había despojado, no meramente del dinero, sino, en muchos casos, del futuro, de la posibilidad de terminar sus vidas con cierto desahogo económico.

Pero Madoff también les robó esta posibilidad. Su jugarreta final es aún más cruel que la anterior, porque es inapelable. (La Nación)

Categorías: Economía, Estados Unidos.